Anoche soñé...
Dicen que soñar es necesario. Dicen que si no soñáramos, seríamos incapaces de poder soportar seguir viviendo, pero ¿quién no recuerda sueños terribles y tan reales que al despertar no puedes aceptar que sólo ha sido un sueño?
Anoche tuve un sueño, y aunque no soñé que regresaba a Manderley, el sueño comenzaba en un lugar parecido aunque luego, todo cambió.
Estaba en una especie de mansión, en realidad creo que era un hotel. Allí tenían lugar una especie de jornadas, a las que estaba invitada y, en las que se trataba un tema relacionado con la historia.
Tras la presentación, los planteamientos dieron lugar a un debate que fue adquiriendo tintes políticos. Lo recuerdo porque pensé que qué rollo.
Habían asistido a las mismas un montón de conocidos y amigos que finalmente acabaron discutiendo, así que yo me levanté y me marché. Salí de la sala y deambulé perdida por esa especie de hotel/mansión enorme.
La decoración era anticuada, como de finales del siglo XIX. Los salones, enormes, me recordaban mucho a los del comentado Manderley, o tal vez al Tara de Escarlata O'Hara.
Las lámparas, eran enormes “arañas” y de las mismas colgaban un montón de centelleantes cristalitos qué refulgían a la luz del sol, que entraba por los enormes ventanales. Eran espacios enormes, amplios, como salones de baile. No había nadie, solo estaba yo y mis pisadas resonaban sobre las losas de mármol del suelo.
Recorrí diferentes salones, muchos, y al final salí a un jardín. Era también muy extenso y tenía diferentes zonas. Setos, arbolitos, flores y caminitos empedrados que se entrecruzaban en una especie de laberinto.
Los pájaros cantaban y era genial pasear por allí, entre tanto verdor. Llegué a un estanque, que me recordó a la Quinta do Regaleira, y lo bordeé, llegando a una especie de gruta que no parecía tan profunda como al final resultó ser.
Dicha gruta penetraba en una especie de colina situada a un lado del estanque, pero una vez dentro era mucho más profunda y estrecha de lo que esperaba y nada hacía pensar que diera al lugar al que accedí a través de la misma.
Era el lugar más espectacular nadie pueda ni imaginar era una especie de cañón del Colorado. Al salir de la gruta ante mí se extendieron profundos valles, altas montañas y caminitos que las escalaban asomados a enormes precipicios.
El sol arrancaba destellos rojizos de aquellas montañas en lo que era la puesta del sol más espectacular que yo haya visto jamás. Yo iba andando por mi camino sin darme ni cuenta de que bordeaba un precipicio, iba totalmente deslumbrada por la magia del momento y por la espectacularidad del lugar.
En un instante, no sé por qué, tomé conciencia de dónde me encontraba y me invadió el vértigo y el pavor. A mi izquierda un profundo precipicio, al igual que a mi derecha; andaba por una especie de cresta que se iba estrechando al frente. Miré hacia atrás para volver sobre mis pasos, pero me mareé casi del vértigo, ¡y pensar que había venido por ese camino!
Total, no me atrevía a seguir hacia delante porque el camino se iba estrechando, no podía volver hacia atrás, a la izquierda tenía un enorme precipicio igual que la derecha, así que lo único que se me ocurrió fue sentarme con cuidado, poner una pierna a cada lado del precipicio y, sentada a horcajadas sobre esa cresta altísima, quedarme ahí, sin moverme y casi sin respirar, porque todo a mi alrededor era imposible, y nadie me iba a venir a ayudar.
Empecé a llorar, y llorando me he despertado. (Maria Ayser)





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